Una gran amiga - Gustavo Cote
Corría el año 1984 cuando gracias a la intervención de Lucila Reyes Duarte, en ese entonces Tesorera General de la Nación, tuve la fortuna de haber sido seleccionado por Alba Lucía para integrar un grupo de asesores de su despacho de Directora de Impuestos Nacionales, distribuidos en las diferentes regionales. En nuestra primera reunión me sorprendió su dinamismo y criterio gerencial, así como su visión de futuro al advertirnos, con su gratísimo tono paisa y su personalidad que denotaba un liderazgo arrollador, que íbamos a tener un sueldo representativo, pero no tendríamos oficinas elegantes, ni secretarias, ni auxiliares para sacar fotocopias, y que nuestra única tarea a asumir directamente era la de dedicarnos a conocer la administración tributaria para colaborar en su transformación.
Con el tiempo y la interacción periódica a raíz de nuestros viajes desde Bucaramanga a rendir reportes de nuestras labores, fue creciendo en mi una gran admiración por su esfuerzo permanente de dejar huella de su labor. Cuando llegué a radicarme en Bogotá y a integrar el equipo directivo de impuestos que había sido estructurado bajo sus luces y orientaciones, sus consejos constantes permanecieron llegando en bien de la concreción de la trascendental labor encomendada. Nunca podré olvidar el justo regaño que todos recibimos, cuando con toda la franqueza que siempre la ha caracterizado nos decía a raíz de nuestro retiro colectivo de la entidad, de como no entendía, que hubiéramos llegado a sentar las bases para la integración de impuestos y aduanas en la DIAN, pasando por la moralización de las dos administraciones, su profesionalización, la integración de todos a una carrera administrativa adoptada con criterios de modernidad, el mejoramiento de la remuneración, para dejar todo de lado. Sus consideraciones nos llevaron a reflexionar y precisamente a buscar que la mayoría de quienes ejercían los cargos directivos en el país desistieran de sus renuncias. Recuerdo igualmente toda su alegría cuando llegue a ser director general de la DIAN, pues en cierta forma mi designación en el cargo era una especie de reconocimiento a todo el equipo por ella liderado y al esfuerzo que en su momento habíamos realizado.
En Alba Lucía he encontrado no solo a la compañera de trabajo que siempre ha estado dispuesta a colaborarme de la manera más desinteresada, sino a una persona de excepcionales condiciones humanas. Su agudeza y claridad mental en el análisis de las normas legales y de los casos en estudio, son dignos de admirar y modelo a emular por quienes compartimos con ella estas actividades intelectuales y profesionales. Ella es un ejemplo admirable de lo que es ser un excelente miembro de familia. Como madre siempre manifiesta en una u otra forma los sentimientos más profundos frente a quien ha sido la razón de su vida, su hija Alba Fernanda. Además, en el ejercicio de su actividad profesional ha sido constante la integración de varios de sus familiares entre sus colaboradores más cercanos.
Solo queda por decir, muchas gracias a Alba Lucía por haberme permitido conocerla y por honrarme como uno de sus mejores amigos. Un fuerte abrazo en tu cumpleaños.
Gustavo Humberto Cote Peña. Bogotá D.C. octubre de 2020.